
La gestión cultural que debemos exigir
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Diario El País :: Por Norberto Ibáñez
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Es costumbre,
en los círculos críticos del ámbito cultural
valenciano escuchar comentarios sombríos sobre la gestión
cultural en España y muy concretamente en la Comunidad
Valenciana. Una de las primeras objeciones, identificadas
por unanimidad en estos entornos, señala la dificultad
financiera y teórica de poner en marcha, con absoluta
independencia, proyectos originados en el seno de la sociedad
civil. Prácticamente la totalidad de estas iniciativas
culturales se ven obligadas a mantener una alianza con los
órganos de poder gubernamental destinados a estas tareas.
En esa coalición la actividad planteada suele devaluarse
debido a los ajustes que recibe por parte de la Administración,
que pondera criterios ideológicos frente a creativos.
Aún más, en la mayoría de las ocasiones,
las instituciones públicas imponen la integración
de cargos públicos en estos proyectos para legitimar
así su gestión política.
La alternativa más eficaz para evitar esta fricción
entre sociedad y Gobierno se encuentra en las entidades que,
sin ánimo de lucro, organizan programas sociales para
apoyar iniciativas culturales independientes. Sin embargo,
lamentablemente, los tentáculos del Gobierno también
se dejan sentir entre sus filas. Un buen número de
agencias, fundaciones, asociaciones y otros organismos similares
están creados al pairo de la defensa de los intereses
del poder oficial. Por tanto, este otro escenario que podría
dignificar y aceptar la autonomía del hecho cultural,
valorándolo en sí mismo, tampoco es el más
idóneo ya que, de igual forma, busca reforzar el statu
quo del stablishment. Esta politización de
las instituciones públicas, además de generar
redes clientelares que terminan enquistándose, frena
la buena marcha de muchos actores culturales valencianos que
se ven obligados a salir de su territorio para hacerse oír,
dejando un importante vacío cultural en la tercera
capital española.
Antes
de esa huida hacia delante, queda un último recurso.
Acudir al parque empresarial valenciano para encontrar protección
y amparo en su solidez económica. En este nuevo escenario,
los gestores culturales se muestran escépticos tanto
como en los otros dos descritos anteriormente. Esto es debido
a que, en muchos casos, el vínculo de los empresarios
con el poder político es tan próximo que sólo
intervienen a partir de las sugerencias de este último.
Por el contrario, los empresarios que se mantienen alejados
de esta connivencia demuestran, al igual que los primeros,
poco interés en abanderar asuntos culturales. La clave
de este comportamiento se resuelve al conocer que estas contraprestaciones
no están sujetas a exenciones fiscales y, por otra
parte, que esta burguesía empresarial cuenta con escasa
tradición cultural.
Ante
esta situación tan adversa caben pocas posibilidades.
Entre ellas está la opción de ausentarse, la
de aceptar sumisos esta realidad, o la de enfrentarse a ella
y combatirla en los diferentes frentes defendiendo la autoría
y la independencia cultural mediante un diálogo tenaz.
Esta última opción no es sencilla porque, desgraciadamente,
los interlocutores públicos designados para gestionar
la cultura, salvo pocas excepciones, son profesionales sin
vocación, con una cualificación y un rendimiento
muy por debajo de lo exigido. Toman decisiones en base a la
lealtad política (ocupan puestos de trabajo por nepotismo
u oportunismo y no por meritocracia) en lugar de calibrar
objetivamente el interés social que se desprende de
los proyectos que analizan. Sin duda, este tipo de actuaciones
encierran una censura encubierta y dulcificada que es preciso
denunciar y hacer pública. Esta parcialidad política
es otro de los cerrojos que impiden que la puerta de la cultura
en este territorio se abra de par en par.
Para
cumplir objetivos responsables en la esfera cultural valenciana
habría que aplicar alguna receta urgente que a buen
seguro traería muchos parabienes al dirigente que,
con honestidad y arrojo, la llevase a cabo. Esa reforma pasa
por crear unos organismos independientes que se vinculen al
concepto de city-manager que permite a expertos profesionales
formar parte en la toma de decisiones políticas, en
este caso culturales, y lo que es más importante, sus
cargos no son coincidentes con los tiempos electorales. De
este modo, sería conveniente la formación de
un Council of Arts (Consejo de las Artes) que tan
buenos resultados ha dado en el Reino Unido, debido a la neutralidad
y al savoir faire de sus componentes. En definitiva, este
modelo representativo del pueblo trata de dejar la cultura
en manos de quienes tienen autoritas y no tienen
que hacer proselitismo de la doctrina de ningún partido
político. De este modo, la cultura crece por su propio
valor y no por su conveniencia política.
Norberto Ibáñez es vocal del
centro Unesco-Valencia.
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