Fetichista
de su material
Entrevista
a Isabel Barbuzza
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De paso por Mendoza, Isabel
Barbuzza se reencontró con su provincia y con un
público al que desconocía. En una charla intimista,
en la Biblioteca San Martín, la artista que reside
en Iowa (EEUU) desde hace una década, habló
de su fascinación por los libros. Esa relación
que establece con las páginas y con otros materiales,
fueron el desencadenante de una entrevista que la revelan
obsesiva, fetichista y cachivachera. Todo, claro está,
con la admiración y el respeto que merece su obra.
Infrecuente
resulta toparse con un artista que reflexione en profundidad
sobre su trabajo. Mucho menos habitual es encontrarlos pensando
acerca de la filosofía que tiñe su obra. Isabel
Barbuzza es una de esas excepciones a la regla
que va al magma de su creación. Sabe de la dimensión
aurática que logra con el espectador. Porque cuando
ella expone, se expone gozosamente a la vívida mirada
de los otros. Se entrega unívoca, aunque permanentemente
nos seduzca con la ambivalencia de sus materiales.
Confiesa que le importa el espacio que rodea su obra. El
espacio que ocupa el cuerpo que observa. Sólo en
ese sentido se la puede percibir calculadora y hasta llegar
a coincidir con el crítico Joan Crowder cuando la
califica de “cerebral”. Pero finalmente, en
la entrega, prevalece en Barbuzza todo
el camino transitado, esa investigación del proceso
creador que la desnuda intuitiva, sensorial.
-¿Qué relación mantenés
con tu obra?
- Te voy a decir casi un clisé, pero tal vez después
se pueda profundizar. Joseph Beuys hablaba de la conjugación
de la vida con el arte conectándolos como una sola
cosa. Siento eso en mí. Mi trabajo es lo que a mí
me interesa. Culturalmente, socialmente. Basándome
en eso voy armando la obra. Como el arte es algo latente,
leo, voy al cine… me inspiran, por así decirlo,
distintas cosas. Por eso mi obra está tan conectada
con quién soy, con dónde estoy. Con mi historia
de inmigrante. De ser bicultural. De vivir en el tercer
mundo y después vivir en el primer mundo. No creo
que me vaya a jubilar, creo que esta actividad que llevo
va a continuar conmigo de por vida. Y así lo quiero.
Lo veo como una parte vital de quién soy.
Desde hace treinta años Isabel vive en Estados Unidos,
desde hace una década, en Iowa. Allí tiene
su taller y se desempeña como profesora y directora
del Departamento de Escultura de la Universidad de Iowa.
Es miembro del Center For The Book y el Centro Borges de
la misma universidad. Sus trabajos forman parte de colecciones
públicas y privadas, como el Santa Bárbara
Museum Of Art, en California; el Center For The Book, en
Nueva York; y el Centro Borges, en Pittsburg, Filadelfia.
La creadora, la que ha caminado todos estos escenarios sigue
siendo una sola. “No soy por un lado la escultora
y tengo a esta otra persona que presento como artista y
hay otra que trabaja en el taller, me interesa mucho hacer,
investigar. Creo que lo peor que podría pasarme es
ser abúlica por lo que está sucediendo en
el mundo. Hoy es tan interesante por ejemplo, lo que pasa
con la gente que quiere que el arte la entretenga…”
- Ya que lo mencionás y que son tan claras
esas diferencias entre espectáculo y entretenimiento
-sobre todo en cine o teatro-, en la plástica ¿podrías
establecer los parámetros de esa dicotomía?
- Sí, creo que en centros como New York o Los Ángeles
donde el mundo del espectáculo está latente
pululan los shows de Rodin, o de Georgia O’Keeffe.
Por poner un caso, había una exhibición de
Monet que viajaba por todo el mundo y en Los Ángeles
vendían paraguas con reproducciones de sus obras.
Es entonces cuando vas al museo pasivamente a que te entretengan.
- Y cómo te parece que reacciona el público
estadounidense frente a esos shows, ¿se da cuenta
de que está siendo pasivo de… o su juicio crítico
le hace “click” en algún momento?
- No me gusta generalizar, y debo reconocer que dentro de
su carácter cosmopolita, tiene públicos y
públicos. Al ser un país capitalista su cultura
es la de consumir, en ese sentido hay mucho juicio crítico
que nunca clickea. En su mayoría, los chicos de la
universidad no investigan. Hay que empujarlos a leer esto
o esto otro. De todos modos hay unos artistas impresionantes
en Estados Unidos como Ann Hamilton. El público masivo,
ese que veríamos en Disneylandia, también
es el que encontramos en un museo diciendo: “vengo
acá, pago, quiero que me sirvan”. Y eso es
lo que les da derecho a llevarse como souvenir, la tarjetita
o el paraguas. (Una pintura de lo que cuenta Isabel está
siendo fielmente escenificado en la interesante Miami, obra
escrita por Cynthia Edul, dirigida por Pompeyo Audivert
y Andrés Mangone en el teatro El Cubo.).
- En este paso por la provincia, ¿qué
análisis podés hacer del público mendocino?
- Por la valiosa experiencia en la Biblioteca San Martín,
se aprecia una necesidad de la gente por conectarse más.
Yo creo que el arte no es nada más que ir a ver una
pintura bonita. Quizás en un momento eso era lo único,
y no había lugar para otra cosa. Ahora la gente está
dispuesta a tomar el riesgo, a decir voy y lo veo sin importar
los prejuicios sobre si es muy loco, o ya no dice apresuradamente:
- “eso lo puede pintar mi hijo”. También
veo que hay gente joven, con mucha inquietud que es muy
pujante. Un underground profundo (dedica párrafos
aparte a los gestores de ED Contemporáneo, al director
de la Biblioteca, Facundo Mercadante, entre otros) y una
apertura de espacios interesantes.
En Buenos Aires, en ArteBA me gustó ver a la familia,
muchos niños y todos muy dispuestos a observar. Estamos
teniendo más educación en la apreciación.
Quizás no haya tantos que compren la obra como en
Estados Unidos.
- A propósito, ¿cómo te manejás
entre curadores y galeristas?
- Con el tiempo he aprendido a defender mi obra. En lo personal,
tengo más contacto directo con los coleccionistas.
Con el curador el trato es más profesional. Con el
coleccionista, amistoso. A la vez ellos trabajan a la par
y muchas veces es el coleccionista quien le sugiere al curador-galerista
la conveniencia de presentar mi trabajo.
En 1988 Claudia Sole, adquirió una de las primeras
obras de Isabel, Psicología infantil, una caja con
una camisita de bebé espolvoreada en talco. A partir
de entonces, la coleccionista ha comprado Abrázame,
ese robusto cuerpo revestido en conchas de mejillones para
su casa de París y una columna para su residencia
de Santa Bárbara.
Cada escultura, cada instalación, delata sin proponérselo,
el tiempo, la perseverancia, la minuciosa y hasta obsesiva
dedicación. Son páginas de las enciclopedias
británicas enceradas una por una, son cuatro mil
gilletes pegadas una por una, es un mapeo de flores adosadas
una por una a la pared o cientos de escamas de jabón
que perfuman una por una el espacio resignificado.
“Creo que mi obra son los materiales por un lado,
porque respondo muchísimo a las texturas, cómo
se sienten las cosas. Me gusta mi relación física
con las cosas, cómo huele el papel, cómo crujen
las conchitas de los mejillones al dividirlas. Y por otro
lado está la curiosidad, qué pasa con el mundo,
con las abejas, con los libros, con las flores de tela,
con las de verdad. La relación de mi madre con el
jardín”.
-¿Has tenido propuestas de otros para trabajar
con determinados materiales?
- Sí, varias. Una vez me llevaron botones. Porque
allá están esos coleccionistas o pack rats
(ratas que guardan), esos que no tiran nada. Como ven que
yo trabajo con acumulaciones me los traen. Primero me traen
libros, enciclopedias que no usan más y ahí
lo primero que analizo es el papel si me va a servir o no.
Otra vez me trajeron unos conductores de computadoras. Eran
miles y miles. Yo los acepto. Dejo muchas cosas en remojo.
Pienso que los materiales son muy sensuales y me tengo que
sentir atraída al material. Una vez coleccioné
cascaritas de pistacho. Se imbrican y se va formando como
un rulo. Tengo un montonazo de cosas. Si siento conexión
quizás las use. Voy mucho a los “sur plus”
y ahí encuentro por ejemplo paracaídas o cosas
de medicina del ejército. En los sur plus de la universidad
lo viejo lo venden barato. De ahí salieron las puntitas
del corpiño o el botellón que contiene las
enciclopedias molidas. Con las cosas de plástico
no siento conexión, una vez me dieron tapitas azules
y no me pasó nada.
La fuerte presencia en su paleta la marca la gama de los
ocres, los marrones, y los grises.
Una última curiosidad. Cuando el servicio meteorológico
pronostica tornado en Iowa, un fenómeno que atemoriza
al resto de los mortales, Isabel se prepara para la cosecha.
Y ni bien pasa la violenta tormenta, sale a recolectar el
cobre que se desprende de los techos. ¡Toda una vendimia
para ella!
Perfil
Nació en Mendoza, Argentina donde asistió
a la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Cuyo.
En UCSB (University of California, Santa Barbara, EEUU)
obtiene su maestría en 1990 (MFA, Master in Fine
Arts). Allí se especializa en escultura, grabado
y libros de artista. Estudia con Ann Hamilton, Buzz Spector,
Harry Reese y Steven Corthwrite, quienes influyen en su
obra sobre todo en el área de la instalación
y el trabajo con libros. Este es un período crítico,
ya que su obra cambia radicalmente de algo tradicional y
de carácter narrativo a una investigación
fresca de materiales no tradicionales.
Ha tenido muestras colectivas e individuales en Estados
Unidos, Europa y América Latina. Su trabajo está
incluido en colecciones privadas y públicas como
el Santa Barbara Museum of Art, The University Art Museum,
The Djerassi Artist Program, todos en California, Sculpture
Space, New York, y en muchas colecciones privadas en Estados
Unidos, Francia, Colombia y Argentina.
El año pasado, en nuestro país participó
de la muestra Zucundun, organizada por ED Contemporáneo.
Con este grupo de gestores estuvo en junio de 2008 en ArteBA.
Para el próximo año prepara una visita cultural
a Buenos Aires con su grupo de alumnos de la Universidad
de Iowa.
Por Silvia Lauriente :: s.lauriente@planoazul.com
Julio de 2008 :: Mendoza :: Argentina
By Planoazul.com
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